domingo, 21 de septiembre de 2008

Café Literario

Continuando con las charlas sobre libros y autores amigos de Café Toscana, hace algunas semanas en medio de este inmenso devenir cibernético, ante el anuncio
“El escritor no tiene quién le reseñe”, mi autora se apuntó con el escritor Javier de Ríos Briz y su recopilación de "Cuentos para gente impaciente" .


Un viaje a espacios rurales, aconteceres ordinarios y otros no tanto, fueron el resultado de esta aventura. Humor negro que en algunas historias nos proporciona un final sorpresivo, manifestación de sentires y pesares que transmiten un sentimiento, algunos de sus personajes se sienten tan reales que parecemos ya conocerlos, otros, cuya existencia nos cuesta imaginar, se retratan con un cinismo impávido permitiendo observar de cerca sus movimientos, bien pudiendo tratarse de algún vecino cercano.

Las historias se sienten frescas y retratan imágenes claramente asequibles, que con la extensión del cuento nos brindan momentos de entretenimiento instantáneo.
La narrativa de Javier es en algunos relatos bastante coloquial, lo cual me parece siempre un ejercicio enriquecedor desde la perspectiva del español que hablamos del otro lado del Atlántico.
El autor menciona que pretende cerrar un ciclo con estos cuentos para dar lugar a un nuevo proceso creativo, enhorabuena pues Javi, sigue escribiendo más pues has dejado impacientes a estos lectores.

Javier de Ríos Briz cuenta con un Blog ,con información de concursos literarios y certámenes, literatura que alberga su blog personal "La viga en mi ojo"


Con el permiso concedido del autor, publico a continuación un fragmento de uno de sus cuentos.

"LA VIDA SIGUE, PAPÁ
Creo que me estoy acostumbrando a despertarme todas las mañanas con una desconocida a mi lado. Aunque se me hace un poco raro pensar que ella me quiere mucho, y que yo antes la quería todavía más.
Me ducho como puedo gracias a que en la pared del baño hay dos agarraderas metálicas que alguien instaló para mí. O quizás siempre han estado ahí.
Me visto como todas las mañanas, con parsimonia. Dentro de un viejo armario, ya casi tomado por las termitas, voy encontrando mi ropa.
Las camisas,colgadas de las perchas, en silenciosa procesión, soñando probablemente con viejos maniquíes, que a su vez sueñan con camisas, tirados en un viejo almacén.
Los pantalones,primorosamente planchados,repartidos,unos en perchas,otros en cajones.
Al pie de la cama encuentro un par de zapatos de cordones, negros, brillantes.
No puedo evitar fijarme que los cajones de la cómoda lucen unos pequeños cartelitos pegados con cello, pero no distingo bien lo que pone en ellos.
Llevado por una intuición, abro el primer cajón de la mesita de noche; se supone que la mía, porque hay una a cada lado de la cama. Acierto: hay dos pares de gafas, así que me pongo unas, e intento leer los cartelitos de la cómoda. Veo peor que antes, así quepruebo con el otro par. Sí, ya veo lo que pone, el de arriba dice CALCETINES, el segundo CALZONCILLOS, y el de abajo CORBATAS y PAÑUELOS. Supongo que mi mujer es una maniática del orden, y necesita poner estos letreritos para organizarse. El caso es que en la cocina continúa el baile de nombres, que si CUCHARAS por aquí, que si TAZAS y VASOS por allá. No haría falta tanto mensaje, si se guardaran todos los días las cosas en su sitio, como Dios manda.
Me preparo un café con leche, y el primer sorbo me sabe muy amargo.
Como no encuentro el azúcar le echo seis o siete pastillas de SACARINA,EDULCORANTE DIETÉTICO. ¡Dios, sabe a rayos!
Salgo a la terraza para comprobar qué día hace. La temperatura es buena,
pero no veo un pimiento a lo lejos, así que vuelvo a la habitación y cambio de gafas.
Mi mujer sigue durmiendo como una marmota. Parece no importarle lo más mínimo el hecho de que ya sean las siete de la mañana.
Vuelvo a asomarme a la terraza, y esto ya es otra cosa. Sin dificultad veo el
puerto, donde una pléyade de hombres y máquinas trabajan cargando y descargando mercancías, y algún inmigrante ilegal que otro. ¡Pobrecillos, aquí ya nadie recuerda cuántos de nosotros tuvimos que salir fuera! Desde aquí los grandes contenedores parecen azucarillos de colores. Esto me recuerda el horrible sabor de la SACARINA, EDULCORANTE DIETÉTICO.
Alguien ha dejado mis llaves tiradas en la mesa de la cocina. En lugar de colgar de un llavero normal, de propaganda de un garaje, por ejemplo, cuelgan de una etiqueta como las que tienen algunas maletas, en la que pone mi nombre y mi dirección. ¡Quién habrá tenido una idea tan absurda! Las llaves y la dirección juntas.
Si se me perdieran, aunque ya se que es improbable, nos limpiarían la casa. No
dejarían ni los letreritos.
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Me gusta pasear hasta que la ciudad queda atrás, y el color verde comienza a entrar por mis ojos cansados. A ambos lados de la carretera, un conjunto anárquico de huertas minúsculas se reparten el escaso terreno cultivable. Antes esto no era así. O eso creo yo.
Decenas de jubilados hacen el mismo recorrido que yo, sólo que unos van y otros vienen. Algunos me saludan con una leve inclinación de cabeza, pero yo no sé quiénes son. Aún así, siempre contesto a los saludos, no quiero quedar mal con nadie. Finalmente, uno de los que vienen se para a hablar conmigo, y me pregunta por mi mujer. Respondo que bien, gracias. Después me pregunta por mis hijos y nietos, y le respondo que bien, gracias, aunque no estoy muy seguro de que sea una buena respuesta.
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Mi mujer pone una cazuela con sopa a calentar cuando me ve aparecer en la puerta de la cocina.
- Vete a la habitación a quitarte los zapatos.
Así lo hago. Al pie de la cama hay unas zapatillas de cuadros. Me las pongo, y dejo los zapatos en su lugar. Cuando vuelvo a la cocina ya hay dos platos de sopa en la mesa.
- Llegas tarde. Son casi las cuatro y media -dice mi mujer mientras sorbe la sopa con su boca desdentada.
Al principio no sé que decir.
- Ya sabes que no tengo hora fija -digo finalmente. Por decir algo.
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Después de comer intento conciliar el sueño en el sofá del salón, pero no lo consigo, así que decido salir un poco a la calle a pasear.
En mi habitación están los zapatos, al pie de la cama. Dejo mis zapatillas en su lugar. Bajo a la calle. La verdad es que ahora no me apetece mucho andar, estoy cansado, puede que sea sueño.
Subo a casa. Entro en mi habitación, y dejo los zapatos al pie de la cama, después de ponerme las zapatillas. Voy al salón, y me tumbo un poco en el sofá. No tengo sueño. Enciendo la televisión, parece que ponen un culebrón sudamericano, y lo intento seguir durante unos minutos. No puedo, es demasiado pesado, hablan, y hablan, y hablan, y no dicen nada.
Decido bajar a la calle a dar una vuelta, puede que encuentre a alguien conocido, y charlemos un ratito. Voy a mi habitación, me pongo mis zapatos que están al pie de la cama, y dejo las zapatillas en su lugar.
Bajo a la calle. Estoy cansado, decido subir a casa.
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Me despierto por la mañana, bruscamente, posiblemente a causa de las pesadillas. Últimamente hay una que se repite con frecuencia: estoy ocupando un puesto de trabajo en Altos Hornos de Vizcaya, (todo el mundo sabe que soy escritor, y que siempre he trabajado en casa), y de repente aparece un hombre que me pone una mano en el hombro, y con su mano libre me tiende un sobre; yo abro el sobre, extraigo un papel de su interior y lo leo: JUBILACIÓN ANTIPADA, INCAPACIDAD LABORAL. Es algo realmente absurdo.
Finísimos rayos de luz se cuelan por las rendijas que deja la persiana, ya vieja. A mi lado está mi mujer. La miro mientras intento recordar como nos conocimos. No lo consigo. Sólo sé que nunca la he querido demasiado.
Me ducho. Estoy a punto de resbalar, pero me sostengo con la ayuda de unas extrañas agarraderas metálicas. Me visto como todas las mañanas, con el precioso batín de cuadros rojos y negros, que invariablemente guardo en mi armario. Parezco un marqués.
A los pies de la cama hay unos zapatos, con cordones, negros, brillantes. Me los pongo. Me fijo en la cómoda. Alguien se entretuvo ayer en pegar unos papelitos a los cajones en los que parece poner algo. Me acerco todo lo que puedo, hasta que por mi nariz entra un desagradable olor a barniz de mala calidad, pero no soy capaz de leerlo. Quizás debería ir pensando en ponerme gafas. Siempre he sido un poco cabezón, y me he negado sistemáticamente a ir al óptico.
Salgo a la terraza. Hace buen día. Puedo comprobar que de lejos veo tan mal como de cerca. Creo que ahora hay unas gafas que solucionan todos los problemas a la vez. Me lo pensaré.
Decido bajar al bar de la esquina a desayunar, como todos los días.
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A la hora de la comida mi mujer ha sacado una pequeña caja de color azul de uno de los armarios de la cocina, y me ha dicho:
- A partir de hoy tienes que tomarte una de estas pastillas a la hora de la comida, y otras dos a la hora de la cena.
Me va a estallar el estómago con tanto fármaco, pero en fin, por el momento he decidido no protestar, porque supongo que es por mi bien. Aunque estoy empezando a pensar que mi mujer tiene una sospechosa tendencia a atiborrarme con esas malditas drogas, para tenerme más controlado.
Después de comer me he quedado dormido en el sofá del salón. He soñado con elefantes rosas. ¿Qué significará? ¿Habré hecho mal tomando la pastilla nueva con vino?
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Me levanto porque ya no puedo dormir. Cojo la ropa que tuve puesta ayer de la silla, y voy a oscuras hasta el baño para no despertar a mi mujer. Miro el reloj, no consigo ver bien la hora, cada vez hacen las esferas de los relojes más pequeñas, deben de ser las cuatro o las cinco de la mañana. Me visto, vuelvo a la habitación, y con la luz que proyecta el baño hacia ella localizo mis zapatos al pie de la cama. En la cocina si puedo ver la hora, ya que el reloj hortera, imitación de un timón de arco, tiene un tamaño más que respetable, y si a ello añadimos que me subo a una silla para verlo más de cerca, pues queda explicado que al fin consigo averiguar que son las cuatro y cuarto. Salgo a la terraza, la noche está cerrada, y no se ve absolutamente nada. La farola que hay cerca de mi portal estará fundida como siempre. Hace frío, supongo que debido a la hora. Me preparo un café con leche, con mucho azúcar, que soy bastante goloso. Mis llaves están encima de la mesa. Mi chaqueta de pana en el perchero. Me voy a dar un paseo." ...

Si los lectores se han quedado impacientes por terminar el relato los invito a solicitar el libro de Javi

2 comentarios:

Fernando dijo...

Aunque no le he respondido en la RBB, contactamos en este Café Literario y Javi me entregó su libro gratis total, que estoy devorando sin contemplaciones.
En breve (lo que yo entiendo por breve, y eso que no tengo trillizos aunque sí un par de cuatreros) haré también una reseña de Cuentos para gente impaciente. Además, antes tengo otras promesas pendientes.
Frescura, humor negro, lenguaje llano... coincido con tus apreciaciones.

Javi R. dijo...

Gracias por la reseña, Susana, me elagro de que te gustaran los cuentos. Son un poco inmaduros quizás, pero, aunque está mal qe lo diga yo, "tienen algo".

Un abrazo trasatlático.