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Audios de "Historias de café para pensar el rato"

La serie de "Historias de café para pensar el rato" comprende cinco relatos cuyo común denominador es el escenario de la cuarentena y que existe la presencia del café en ellos. 

La versión escrita de estas historias se encuentra en las cinco publicaciones anteriores pero las que te compartimos aquí son las versiones en audio de esta serie.

Te invito a conocer a sus diferentes personajes y situaciones esperando que te hagan pensar y pasar un buen rato con estas narraciones que tienen un sabor agridulce de este presente inesperado en que estamos viviendo y del que podemos elegir aprender lo necesario.

No olvides prepararte un buen café para disfrutarlas mejor.






Móviles, Teléfono, Samsung, Música, Tecnología

Chin chan pu

Aquí el quinto y último relato de la serie de "Historias de café para pensar el rato", el título nos recuerda ese viejo reto del piedra, papel o tijeras o "Chin chan pu" que da nombre al cuento.

Cada una de las historias de esta serie nace de los escenarios de esta inesperada y extraña cuarentena que nos tomó por sorpresa y de la que definitivamente debemos seguir aprendiendo lecciones.

En este relato, la lección viene de los que aprenden más rápido y mejor las cosas, de quienes debíamos estar más atentos porque son ellos a veces más maestros que discípulos, de nuestros niños.


Chin chan pu

 Fabián y Ángel no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando, lo único que les quedaba bien claro, era que además del periodo de vacaciones de verano, o cuando se enfermaban de algo y tenían que faltar a clases, la tan mentada cuarentena era lo más parecido al paraíso.

Si bien era cierto que las misses les habían dejado una lista de asignaciones interminable, de momento tanto su papá como su mamá, estaban mucho más preocupados de otros temas sin despegarse de sus computadoras portátiles y con el celular prácticamente adherido a la mano.

Los chamacos estaban divirtiéndose de lo lindo, se retaron jugando al fortnite en maratones, hasta que se aburrieron de hacerlo, luego recordaron la lista de sus películas animadas favoritas y fueron tachándolas a medida que las veían. Después, las volvieron a ver.

Mientras tanto, sus padres seguían como autómatas tecleando y haciendo llamadas, lo único que los hacía moverse de la estancia, en donde situaron su centro casero de operaciones, era la carrera de relevos para rellenar sus tazas de café.

—¿Por qué toman tanto líquido de la jarra? —le preguntó Ángel a Fabián.

—No lo sé —le respondió.

—Huele un poco raro —insistió el hermano menor acercándose a la cafetera.

—Ni se te ocurra probarlo, sabe horrible.

—Está bien —reprimió la curiosidad— Y ahora ¿qué hacemos? —le volvió a preguntar el hermano menor al mayor.

—¿Nos echamos otro juego en la compu?

—No, ya me aburrió.

—Entonces ¿vemos otras pelis?

—No, ya me aburrieron.

—¿Un chin chan pu?

—No, siempre me ganas.

—Ya sé, vamos a jugar al jardín.

—¡Va! —respondió el hermanito menor entusiasmado.

En el jardín para quitarse el calor se dieron una buena empapada con la manguera, hasta que su mamá les advirtió que no siguieran haciéndolo, o se las verían con ella.

—Y ahora ¿qué hacemos? —volvió a preguntar Ángel.

—Jugamos a la pelota.

—¡Va!

El partido de futbol se puso bueno, lo malo fue que Fabián se lo tomó muy en serio y al rematar con una enérgica patada, el golazo se volvió un cristalazo, abriendo menudo hoyo en la ventana. Entonces, fue el padre el que ahora se encargó de la retahíla de gritos: ¡cómo vamos a arreglar el vidrio si todo está cerrado, qué ocurrencias, miren nada más, háganse a un lado, tengan cuidado, no vayan a hacerse daño, en qué demonios estaban pensando!

A lo que Angelito respondió muy serio, apenas le permitieron hablar: —en jugar.

Niños, Juegos, Pelea De Almohadas, Familia, Infancia

Que era para la única pregunta que tenía respuesta al fin y al cabo, lo cual dejó a los padres mudos y apenados, era evidente que los niños merecían más atención, pero también que eso de hacer home office no era tan fácil como pensaban.

—Miren —les dijo el papá, ahora mucho más calmado— Mamá y yo tenemos que terminar algunas cosas, pero prometemos que después pasaremos tiempo con ustedes.

El día terminó y la promesa no fue cumplida, Fabián y Ángel entendieron mejor que sus padres que las reglas del juego habían cambiado. Como lo del futbol había resultado un poco peligroso, con tanto cristal de por medio, y lo de las cachaditas, que era lo único que podrían hacer con la pelota para evitar desatar la ira de su padre, era para niños, decidieron sacar los juguetes del armario. Algunos tenían aún el celofán puesto, juegos que antes consideraron “aburridos”, la pista de carreras que su papá guardaba desde la infancia y hasta la caja de colores, crayolas y acuarelas que todavía usaba Ángel en muchas de sus tareas.

La siguiente mañana comenzó igual que las otras, y los niños estaban ya bien organizados con su rally de entretenimiento, incluso la madre les dio una vuelta, porque se escuchaba demasiada calma en el estudio.

—¿Todo en orden? —preguntó el padre.

—No lo vas a creer, están haciendo dibujos y torres con bloques.

—¿De verdad?

—Te digo que sí, ¿cómo vas?

—Estoy por enviar un… —se calló extrañado.

—¿Un qué? —le preguntó la madre al sentarse para retomar la actividad.

—¿Tienes señal?

—¿De qué?

—De internet, mi amor, ¿de qué va ser?

—Ay, ¡No! Checa el módem.

—Me lleva la chin…

—¡Cálmate! Déjame llamar para reportarlo.

En efecto, la señal de internet no estaba funcionando, lo cual fue confirmado por la grabación automática del servicio después de esperar más de treinta minutos, en la que además se advertía que no podían precisar el tiempo de respuesta en el restablecimiento de la señal debido a la saturación y un problema general en la zona.

—Así no puedo hacer nada —señaló el padre, después de expeler una buena cantidad de maldiciones y regresar a la calma ante la falta temporal de una solución.

—Ni yo tampoco —coincidió la madre.

Ahogados en lamentos y molestia, sólo las ingenuas carcajadas de sus pequeños les hicieron salir de aquel trance. Acto seguido, tanto papá como mamá aterrizaron en el recién inaugurado campamento de juegos.

Armar la autopista eléctrica fue la primera asignación de papá, mientras tanto mamá y los chicos jugaron una partida de parkase, un juego de mesa que no conocían.

Al tiempo que corrieron el fórmula 1 con los carritos un tanto descarapelados de papá, mamá preparó una pasta deliciosa para comer. Sin señal no había series que ver ni más pelis, la improvisación tenía que continuar. Finalmente a papá y a mamá se les olvidaron los pendientes de la oficina, que en ese momento no estaban en condiciones de resolver, además se les ocurrieron las ideas más “chidas” en palabras del pequeño Ángel.  De los bombones ensartados en brochetas frente a una pequeña fogata, pasaron a armar la casa de campaña en el jardín. Abrigados en bolsas de dormir se arrullaron escuchando los cuentos que mamá les contó, cayendo al fin en un profundo sueño que la luna y las estrellas posadas sobre el jardín se encargaron de velar.

Sí, no había duda, con papá y mamá a bordo en el plan, aquello era  la verdadera definición del paraíso.

Al siguiente día, los padres ansiaban que la señal se hubiera restablecido, no querían ni imaginar la cantidad de pendientes que podían haberse acumulado desde la mañana anterior.  Se sintieron un tanto decepcionados cuando lo comprobaron, el pretexto se esfumó.

Para los niños eso representaba una muy mala noticia, porque así, sin papá ni mamá, se estaban aburriendo de nuevo un poco.

—Y ahora ¿qué hacemos?

—Un chin chan pu, el que pierda desconecta el módem hoy.

—¡Va!


Sonámbulo

Los acordes de la melodía con el mismo título del cuento que les compartimos hoy, fueron la inspiración para la escritura de esta tercera historia en la serie "Historias de café para pensar el rato", que como hemos mencionado en las anteriores publicaciones, resultó favorecida dentro de la convocatoria #Contigoenladistancia en la creación de contenido de calidad para el auditorio durante los días de #cuarentena.

La música de Santo y Johnny hace una conexión musical entre mi autora y sus recuerdos de infancia, con la selección que tanto gustaba a su padre escuchar en los largos trayectos de carretera que los llevaban hasta el destino vacacional favorito en el verano.

Publicamos esta historia como un tributo de amor a ese maravilloso padre con motivo de los 87 años que hubiese cumplido el día de hoy de encontrase aún entre nosotros. 



Sonámbulo

—¡Hijo, qué gusto! —exclamó el anciano con cabello plateado, desde la puerta abierta de su casa, luchando con el cubrebocas que le habían colocado muy a su pesar.
—A mí también me da mucho gusto.
—Te ves chistoso con eso en la cara —le dijo riéndose.
—Tú también —le respondió descendiendo del auto que había aparcado dentro de su patio.
—Hacía mucho que no venías.
—Con esta situación, ahora parece que lo que me sobra es el tiempo.
—Bendita situación si hizo que vinieras a visitarme, muchacho.
—Lo haré más seguido ahora, te lo prometo —le concedió.
—Y ¿cómo van las cosas en el negocio? —preguntó el viejo.
—Tuve que cerrarlo, no me quedó otra alternativa —contestó el otro perturbado mientras los dos ingresaban a la sala.
—Eso no importa hijo.
—¿Cómo no va importar? Si ese negocio no había cerrado ni un día, a excepción de los domingos y el día de la Guadalupana desde hace dos generaciones.
—Lo que importa es que estamos aquí muchacho y ya que tienes tiempo, ¿por qué no nos vamos de paseo a Acapulco?, como cuando eras chiquito.
—Porque no debemos, es peligroso para tu salud.
—¡Qué peligroso ni qué ocho cuartos! Si yo estoy más fuerte que un roble.
—Pues anda y ve a hacer la maleta, a ver si antes logro convencerte de lo contrario.
—Si ya la tengo hecha, vámonos.
—Mira nada más, bien preparado que estabas.
—Claro mijo, nomás recibí tu llamada y pensé que era buena hora para salir todavía a la carretera —respondió dirigiéndose hacia la puerta del conductor.
—Está bien, vamos pero manejo yo.
—Pues así ¿qué chiste va a tener? Manejo yo, mejor.
—Si te vas a poner de necio, no vamos.
—Ya, ya, ya, está bueno, ahora resulta que los patos le tiran a las escopetas. Si yo te enseñé a manejar —respondió aceptando tomar el lugar del copiloto.
—Sí, eso es muy cierto, pero también que eso fue hace muchos años.
—Pues de eso ya llovió.
—Así es —contestó resignado abriendo de vuelta el portón del garaje.
—Vamos a parar a almorzar cecina, ¿verdad?
—No creo que esté abierto.
—¿ Y por qué no?
—Otra vez te tengo que recordar ¿por qué tuve que cerrar el negocio?
—Ya, ya, ya me acordé, por eso de la cuarentena.
—No sé ni cómo le voy a hacer, si estamos al día con los gastos, a los muchachos les dije que sólo les podía pagar una parte de su sueldo —respondió sumido en sus preocupaciones.
—Las cosas se van a arreglar, mijo, para qué te estás preocupando desde ahorita ¿qué puedes hacer?
—La verdad en este momento, creo que nada, tienes razón.
—Ahí está.
—Es que no sé cómo haces para verlo todo tan sencillo.
—Pues mira mijo, como yo no sé cuánto tiempo me vaya a quedar, ve tú a saber si me muero hoy, me muero mañana o en una semana.
—¡No digas eso!
—A ver muchacho, déjame acabar, es un decir. A lo que me refiero es que yo no sé qué va a pasar mañana, voy viviendo de día en día, pero eso sí, cada día me lo paso a todo dar.
Mira, antes de que llamaras, quién me iba a decir que hasta Acapulco iba a llegar hoy.
—Te digo que tienes razón —dijo exhalando—. Sólo me gustaría aprender a ver las cosas como las ves tú.
—Pues aquí vienes conmigo disfrutando del viaje, ¿o no?
—Sí, eso es un hecho.
—¿Te acuerdas cuánto te emocionabas cuando empezabas a oler el mar?
—Sí, siempre —sonrió al conectar con el recuerdo mental.
—Pero antes de eso, cuando llegábamos al mentado cañón del zopilote, se la pasaban preguntando a cada rato, que a qué hora íbamos a llegar, que cuánto faltaba. Canijos escuincles. Lo bueno es que tu madre les contaba cuentos y entre el calor y el cansancio se dormían ¿Te acuerdas?
—Por lo visto no tan bien como tú, por qué no me lo recuerdas.
—Uy mijito, me acuerdo que traía mi Galaxy dorado, un maquinón de primera. De ida, parábamos en una gasolinera, la misma de siempre, porque ese carro era bien tragón de gasolina. Allí tu madre les repartía los sándwiches para desayunar, estirábamos las piernas un poquito y volvíamos a arrancar. Como la señal de radio ya no servía en ese lugar de la carretera, yo ponía mis cassettes de 8 tracks.
—¿Esos que parecían del tamaño de los de la videocassettera?
—Esos meros, mijo.
—¿Qué música oías?
—Llevaba música variada, el trío de los Panchos con Eydie Gormé, Ray Conniff, Daniel Santos que le gustaba a tu madre, pero la de Santo & Johnny era mi favorita.
—¿Y luego? Ahora ¿te estás durmiendo tú?
—No, nomás me estaba acomodando.
—Entonces, ¿qué pasaba después?
—Que cuando llegábamos al tramo ese del cañón del zopilote, era cuando más se desesperaban de chiquillos, era un tramo lleno de curvas y muy estrecho, se hacía una fila larga detrás de los camiones sin poderlos rebasar, por lo mismo del camino. Además era muy pero muy caluroso.
Yo me acuerdo que tu madre empezaba a contarles cuentos para que se aplacaran, y después de dormirse ustedes, ella me pedía permiso para descansar los ojos también.
—¿A ti no te daba sueño?
—A veces sí, mijo, para qué te digo que no, por eso llevaba mi termo de café calientito a la mano. Pero ese silencio, esa paz que me daba saber que tenía a toda mi familia conmigo, me hacía sentir muy contento.
Para ustedes era lo más difícil del camino, para mí, era lo mejor. Y como agarraban buen sueño todos, cuando ya faltaba poco para llegar, los despertaba preguntándoles si alcanzaban a oler el mar, porque unos kilómetros más adelante, yo sabía que lo iban a ver.
—¿Quieres que te ponga algo de esa música? —le preguntó entusiasmado.
—¿Cómo mijo? A poco tienes música de Santo & Johnny.
—Pero claro que sí, nomás dime cuál quieres oír.
—¿Se podrá “Sonámbulo”?
—Claro que se puede —se orilló en una esquina para buscarla— ¿Es esa?
—Sí, mijo, es esa —le contestó encantado.
No pasaron más de sesenta segundos antes de que el viejo cayera redondito, igual que como lo hacían sus hijos cuando salían de vacaciones en la carretera.
Su nieto, al notarlo, tomó el camino de vuelta a casa. Al abrir el portón del garaje observó a su abuela esperando paciente.
—¿Se volvió a quedar dormido?
—Sí, abuela. Me platicó de los viajes de carretera que hacían cuando mi papá era niño.
—¿Te sigue confundiendo con él?
—Sí, pero ya no le aclaro nada.
—¿Hasta dónde lo llevaste?
—Nomás le di unas vueltas a la manzana.
—¿Se la pasaron bien?
—Más que bien, si hasta me hizo olvidarme de mis problemas, figúrate que íbamos rumbo a Acapulco.
—Ah, por eso llevaba su maleta, ah qué mi viejo.
—¿Cómo le haces tú, abuelita?
—Pues así como me acabas de decir.
—¿Cómo?
—Olvidándome de mis problemas —respondió con una sonrisa—, ¿me ayudas a llevarlo a su cuarto por favor?
—Abuelito, abuelito —trató de despertarlo con cuidado.
—¡Mijito, qué gusto verte!



El polvo en el armario

¿Cuántos habremos hecho alguna labor de reacomodo en casa en los últimos días? Tal vez para poner en orden el armario o los cajones de ropa, podría ser también para seleccionar aquello que ya no ocupamos o en última instancia como la protagonista del cuento que les comparto el día de hoy, para encontrar algo perdido que entre el polvo y el orgullo corre el riesgo de desaparecer.

Como anunciamos en nuestra última publicación, mi autora preparó la serie de "Historias de café para pensar el rato" elegida para la plataforma digital de #Contigoenladistancia , que consta de cinco historias cuyos elementos en común son: que se desarrollan en el tiempo actual de la #cuarentena y que comparten el elemento del café en ellas.

Hoy les presento la segunda historia para acompañarlos con café y algo de reflexión.


El polvo en el armario

—Pinche Vicky, como que te estás pasando, por qué me cambias la contraseña ¡Ábreme! —tocaba insistentemente Esperanza, en la puerta del departamento que se ubicaba en el mismo edificio que el suyo, sólo un piso más abajo.
—¿Traes cubrebocas? —respondió una voz desde el interior.
—Claro que sí, no estoy loca.
—¿Segura? Porque sí pareces un poco, eh —contestó Vicky abriendo la puerta con un botecito de antibacterial en mano del que aplicó un apretón sobre las palmas de Esperanza.
—Ni siquiera voy a pasar —le respondió frotándose el gel —ya te dije que no tengo tu cochino libro, pero lo voy a buscar de todos modos.
—Pues hazlo.
—Sí, pero no me pidas que lo haga hoy, ya no aguanto la espalda de todo lo que he estado escombrando.
—Okey. Hazlo cuando quieras.
—¿Entonces me pasas la contraseña?
—Cuando mi libro dé pruebas de vida —dijo burlona, para luego cerrar la puerta previniendo la reacción de su querida amiga, que parecía tener secuestrado un título de su saga favorita.
—No mames, Vicky, en serio que eso no se hace —respondió molesta emprendiendo la retirada después de comprender que esa batalla estaba perdida. 

Subió las escaleras repensando mentalmente en qué maldito momento se le habría ocurrido leer alguna de esas historias de vampiros —si esas historias me la pelan —se justificaba, y también maldecía aquel infame maratón de sus adaptaciones cinematográficas, que su buena amiga Victoria se había recetado sin descanso, refrescando así el interés por releerlas.

El problema no era el no querer devolver el ejemplar, sino que para hacerlo, primero tendría que identificar en qué lugar de su, un tanto diminuto apartamento se encontraba.
Y es que después de haberse dado a la tarea doméstica de escombrar la despensa, el trastero y el armario de su habitación, muy a lo Mary Kondo —que estaba de moda por cierto­—, había decidido darle tregua al polvo o tal vez a los recuerdos de Daniel que se le aparecieron sembrados en distintos objetos de la casa.

Ya había superado el ejercicio de desechar un pequeño cerro de ropa, lo cual pudiera haber representado el mayor reto para muchos, pero se dio cuenta que con lo que no quería enfrentarse era con el armario del estudio. No sólo por la cantidad de objetos entrañables de los que tendría que elegir a cuáles dejar ir de acuerdo a su nuevo régimen de orden inspirado en una de las series que ya no podría continuar viendo mientras su amiga se rehusara a facilitarle la nueva contraseña; sino porque en algún hueco de aquella área se encontraba la caja de recuerdos de ese amor que le había robado muchas lágrimas y todavía el aliento.

No quería volver a toparse con esa maraña de sensaciones que podrían poner en riesgo su salud emocional pero la necesidad lo demandaba, no estaba en condiciones de costear su propio servicio de internet y sobrevivir la cuarentena sin él, le parecía insoportable.
La decisión de encerrar en una caja de cartón los últimos recuerdos, tesoros y hasta el boleto de cine de la primera función que compartió junto a Daniel, había sido lo más sensato, esconderla en algún rincón del closet, muy probablemente junto con aquel libro de Victoria definitivamente no.

Temblaba con un plumero en la mano temiendo que al abrir la puerta aquel umbral pudiera tragársela para depositarla en el abismo de la melancolía.
Se armó de fuerzas para vencer cada una de las capas de polvo que debería atravesar, sacó uno a uno los artefactos de aquel engañoso armario que parecía ahora inmenso por la cantidad de objetos olvidados que seguía escupiendo, hasta que como era de esperarse la temida caja y su contenido aparecieron a un lado del ejemplar objetivo de su pesquisa.
Se mostró aliviada al notar que el sentimiento ya no le pesaba, pudo canjear lo malo por lo mejor de la relación entendiendo que la ausencia de un perdón era lo que más daño le había hecho, porque después de lo que pasó hubiera bastado con que Daniel lo dijera para arreglarlo todo. 

Qué simple hubiera sido el tragarse el orgullo y otorgarle ese perdón, sobre todo cuando ahora y sin que él se lo pidiera se lo estaba concediendo; cómo se lamentaba por no haber conservado su número de celular, pero no, incluso lo borró en su cara para dictar la sentencia de: "ni pienses que te voy a volver a buscar".

Terminó de poner orden en el armario pero aún con el cansancio acumulado se animó  a echarle un vistazo a la caja, no sin antes prepararse una sustanciosa, cálida y deliciosa taza de café, que bien que le hacía falta. La bebida le refrescó los recuerdos del día en que se conocieron.
—Qué pena que se haya ido la luz —le dijo Daniel ese día, mientras esperaba su turno en la cafetería detrás de ella.
—Sí, a veces pasa esto en la sala cuando llueve así de fuerte, creo que no han repuesto la planta de emergencia. No te olvides de validar el boleto para que puedas regresar a ver la película otro día      —recordó Esperanza haberle dicho, advirtiendo el rostro de un extraño que días después se convertiría en su gran amor.

Mientras agitaba la cucharadita de azúcar en la taza siguió recordando la forma en que aquel pretexto le compró a Daniel la oportunidad de invitarle un café y de platicar por horas mientras la tormenta justificaba aquel fortuito encuentro, recordó también cómo antes de despedirse convinieron en regresar la siguiente semana para hacer efectiva la garantía de la proyección y que en el recibo del café, él había anotado su número telefónico al calce de su nombre. ¡Claro! Allí debía continuar su teléfono escrito, sólo era cuestión de encontrar aquel bendito papel para marcar esos diez dígitos que antes fueron eliminados barriendo con mensajes, archivos, historial de llamadas y cualquier tipo de registro que se lo pudiera recordar y que luego fueron buscados con tanto ahínco sin éxito; imposible localizarlo de otro modo cuando Daniel tenía bien arraigada la estricta política de no usar las redes sociales.

Recuperó el ánimo, se embarcó en la tarea de remover flores secas, fotografías, una camiseta vieja y otros  papelitos, hasta que llegó a la novela que tanto les gustaba y los había llevado a ver aquella función de cine en donde el destino los unió. Con una respiración profunda, le dio permiso a sus dedos de abrir las páginas que los dedos de Daniel habían tocado la última vez que habían sido ventiladas. Movió la cabeza al encontrarse con todas las líneas subrayadas en amarillo, actividad que complacía tanto a su antiguo amante pero a ella podía ponerle los nervios de punta; hojeó lentamente, acariciando los rastros del marcador como si con ello pudiera sentir el pulso de las yemas del dueño, hasta que llegó a una sección del libro en donde se encontraba un recibo de compra.

El pasmo la asaltó pensando que se trataba de aquel tesoro que estaba buscando cuando notó que había algo escrito detrás de aquel endeble papelillo de donde pendía su corazón latiendo con emoción. Tenía miedo de voltear ese pedazo de papel para encontrarse con alguna probable anotación de Daniel que no tuviera ningún sentido, tal vez algo que no debía olvidarse de hacer o los artículos que no debía olvidarse de comprar o el teléfono de cualquier persona de la que a veces sin escribir el nombre se olvidaba de llamar.
El mensaje fue otro, aunque llegaba un poco tarde: “Perdóname por favor, te quiero muchísimo Pera”. Esperanza sonrió satisfecha, se plantó el cubrebocas y una dosis de gel antibacterial, tomó el libro por el cual se había tenido que someter a aquel procedimiento, y regresó triunfante por el mismo camino que un par de horas antes había recorrido con tanta molestia; el salvoconducto para obtener la preciada contraseña estaba ganado, lo único de lo que no se dio cuenta fue de que al ir sacudiéndole el polvo por las escaleras del libro se escapó ese último eslabón, quién sabe si porque a las notas con teléfonos anotados les molesta servir como marcapáginas o porque al destino no le gusta que llenen de polvo las pistas que nos deja escondidas en el armario. 

Nuestra Torre de Babel

Sobre el origen de la Torre de Babel como un mito fundacional, existe una gran diversidad en las interpretaciones por las distintas religiones y puntos de vista de filósofos, historiadores e investigadores a lo largo de la Historia, aunque  con respecto al efecto consecuente de su creación, la mayoría coincide en que como un designio divino dio lugar a las diferentes lenguas habladas por los pueblos.



Es un hecho que además de la barrera del lenguaje, a la comunicación efectiva entre los individuos hay muchos otros obstáculos que agregarle, y hoy en medio de las circunstancias a las que nos enfrentamos, la idea de la Torre de Babel, me parece una imagen bastante descriptiva.

En las redes sociales, en noticiarios y entre los contenidos que compartimos con el móvil, se hablan lenguas muy distintas, muy a pesar de hacer uso del mismo idioma, no nos estamos entendiendo.
Las batallas épicas entre extraños que critican las posturas de otros con gran agresividad, son de lo más común en las publicaciones que pululan en las redes.
Los muy específicos intereses creados, fomentan contenidos con información malintencionada y deformada en muchos medios.

Y es que tal vez el efecto del encierro ya nos esté sentando mal, el peso de la incertidumbre puede convertir a cualquier gato manso en león enjaulado, porque lo que está en juego hoy, es la vida delante de la muerte, la subsistencia económica delante de la zozobra financiera, el mantener a flote proyectos en los que los empresarios han dejado su vida y los emprendedores sus sueños, el colapso económico mundial.
Las apuestas son muy altas y parece que la partida la está ganando la desesperación, con el tiempo que aún nos falta…

En estos momentos es sumamente importante el ser selectivos con la información de la que nos alimentamos, mucha de ella puede hacernos daño, conducirnos a un estado depresivo y hasta convencernos de que la posibilidad de cambiar no es factible.

De entre esas frases ingeniosas que circulan, leí una: “si no puedes ir afuera, ve adentro”, con lo valioso y profundo de ese pensamiento me quedo, procurando responder el para qué, además de la preservación desde luego, dentro de un entendimiento del todo y de todos, pudiendo comprender la logística de nuestro acontecer cotidiano, como una pausa que abre el espacio para cuestionarnos el quiénes somos, por qué hacemos lo que hacemos, qué nos motiva, qué nos está erosionando el alma, para luego asomar la cara por la ventana y reconocer al vecino, al prójimo, al que está dispuesto a ayudar o a criticar, a colaborar o sabotear, a acariciar el cambio hacia un mundo mejor o a propiciar el caos.

Hay que ir hacia adentro para saber qué clase de personas somos y qué clase de personas deseamos ser.

Igual que con la Torre de Babel, algunos señalan que fue la ira de Dios la que dio origen a las distintas lenguas como un castigo, pero otros lo interpretan como un reto en el que instó a la humanidad a esforzarse por entender a los demás, a aprender a comunicarse con los otros, ¿no sería una buena idea, dejar de pensar en castigos y empezar a construir puentes en lugar de torres, que nos comuniquen con las circunstancias de otros, que nos fuercen a redimensionar el formato de esta estructura cotidiana, para conducirnos a un bienestar mayor?

Veamos a este lapso como a un activo invaluable, en el que invertir nuestro pensamiento creativo, en cualquiera que sea nuestro campo, y al lado de las personas que tenemos más cerca, nos redituará en la certidumbre de que cuando el diluvio termine, habremos aprendido a hablar de nuevo el mismo idioma.

Domingos de hot-cakes (pancakes, panqueques, tortitas, etc.)


Estas deliciosas tortitas esponjadas, hechas con ingredientes tan básicos como harina, mantequilla, huevo y leche, suelen convertirse en una de las delicias más entrañables en mi casa. Desde mis recuerdos de la infancia veo a mamá que nos los preparaba en domingo, yo me apuntaba para ayudarle, bajo la consigna de mezclar con suavidad hasta que los grumos fueran eliminados en su totalidad, lentamente.
Tal vez, el tiempo que demandaba para servirle a la familia de seis que éramos, con las pausas que se requiere y el tiempo de cocción lento para dorar y cocer a la perfección, lo encontraba mi madre sólo en los domingos. Un poco de mantequilla y miel de abeja encima, remataban el placer y lujo de disfrutarlos con un vaso de leche fría.

Más tarde, al ir creciendo, llegué a prepararlos para mis primos más pequeños, cuando se quedaban a dormir y yo les consentía. La tradición se quedó, justo en domingo, los seguí preparando yo para mi familia, si hasta la anécdota tengo, de cuando en un restaurante al preguntar la orden la mesera quedó profundamente conmovida al escuchar de la voz de mi bebé (que no alcanzaba ni los dos años), en su sillita alta pidiendo: “joqueins”.

Sí, los hot-cakes, servidos en la cocina de mi infancia, codo con codo con mis otras tres hermanas, peleando por cada pieza esponjada y humeante que salía del sartén de mi mamá, o en la mesa improvisada en el jardín de mi casa con la mudanza temporal de los platos, miel, café y etc., para disfrutar del frescor matutino, o de modo regular en el desayunador de la cocina, la mayoría de los domingos, son una delicia revestida de la paz y el gusto que representa el tomarse esa pausa dominical para prepararlos como se deben, con calma.
Curiosamente, en estos días de cuarentena, he respirado la calma de los domingos en la casa, aunque de lunes a sábado también, al encontrarnos en ese bendito espacio que nos brinda la paz que alberga el hogar, la familia, los recuerdos y la comida casera.
El momento de bebernos esa paz llegó por fuerza, el disfrutarla, sea cuarentena o no, es un lección por aprender, qué mejor si es con un par de hot-cakes ligeros, calentitos, cubiertos de mantequilla y miel que son absorbidas muy, pero muy lentamente, sí, con calma.    

 

Reeducarnos en la humanidad

Apenas dos semanas después de atender al llamado del movimiento de un día sin mujeres, en el que todas aceptamos enclaustrarnos para hacer evidente el sentido de nuestra ausencia, hoy nos debemos unir todos en un confinamiento voluntario porque parece que el mundo se nos está desmoronando.

El pretexto, por llamarle así a esta pandemia ocasionada por el Covid 19, nos ha obligado a una reclusión a muchos, a los que podemos agradecer el darnos además el lujo de hacerlo, el propósito tal vez, además de evitar el contagio y su propagación, sea el tomarnos un tiempo para meditar.

Ante esta arrasadora situación, se nos olvidó el boicot en contra de los envases plásticos, que siguen resultando indudablemente de las mejores y más eficientes soluciones para mantener a los productos con los estándares de higiene necesarios (sin contar que su producción consume 40% menos energía que fabricar papel, o que genera 80% menos residuos sólidos que aquél y por lo mismo, por lo liviano, su transportación ahorra en el combustible empleado en la distribución, además, su uso no implica la deforestación), aunque lo único que no puede hacer el plástico por sí mismo es reutilizarse, reciclarse o evitar ser arrojado al mar para contaminar y condenar a las especies marinas, porque de eso nos encargamos nosotros.

La prohibición en el uso de desechables en este momento se ha olvidado, en las cafeterías de las más reconocidas marcas, que aún se encuentran abiertas, se ha vuelto al uso de éstos para evitar contaminación con los termos o envases reutilizables —que tanto hoy como en días pasados, sólo cada usuario sabría si habían sido correctamente lavados o no—.  Que lo mejor solía ser tomar el café con calma y en taza de porcelana, la típica presentación que una cafetería debería ofrecer para poner en nuestras manos una buena extracción de café. Sólo que parece que es mejor ahorrarse el sueldo de un lava-trastes y en ese caso, el uso de desechables se vuelve un abuso y no la solución alternativa para un cliente con prisa, porque todos la tenemos.  

Se nos sigue olvidando estornudar cubriendo con el antebrazo el rostro, si hasta nos  da un poco de risa — que no puede ser más que nerviosa—, el descuido. Somos inconscientes y aunque estamos temerosos y llenos de incertidumbre, decimos, qué va, no importa, no tengo el coronavirus. Pero cualquier bacteria, cualquier otro virus sí que podemos tenerlo, pero no es importante tener la decencia de no irlo esparciendo por allí, haya o no contingencia. También  se me ocurre el humo del cigarro que tanto molesta a los no fumadores, que si bien las medidas regulatorias han disminuido el problema en una gran medida, aún siguen existiendo lugares en donde a los que fuman les importa un bledo arrojar el aire a los que están a un lado, porque resulta que allí sí está permitido fumar.

Creo que esta pausa debería servir para tomarnos el tiempo de repensar por qué hacemos lo que hacemos y en base a qué actuamos, nos dejamos llevar por las tendencias y no por la información sólida, actuamos desconsideradamente a menos que se nos concientice de hacer lo contrario, tal vez sea en eso en lo que debamos reflexionar, en los rasgos de humanidad que apenas le quedan a nuestra clase. 
En el supermercado arrasamos con productos de más dejando a otros con menos, o sin ellos, y además nos encanta crear polémica publicando las imágenes del desabasto para continuar fomentando la alarma en la sociedad —y qué tal un poquito más de likes en las redes—, cuando lo que nos hace falta en realidad es la calma.

Sigo filosofando en torno a lo que este llamado mundial significa ¿acaso tendrá que ver con el propósito mismo que un día sin mujeres perseguía? Tal vez la Madre Naturaleza está gritando para hacer el mismo llamado, que al igual que en el movimiento #9M lo que se buscaba era tomar consciencia y acción, lo que nos remite a la fuente de todo: a la educación, a nuestra forma de actuar en base a nuestros códigos morales, para nosotros mismos, para nuestra familia y para la sociedad del mundo entero.
Será que en este periodo de cuarentena, al vernos forzados a hacer lo que ya no hacíamos antes, como leer, escuchar música, hablar (con la debida distancia y por teléfono de preferencia), comer en casa, revisitar los espacios bajo nuestro techo a veces tan poco frecuentados por nuestra constante y demandante actividad o estar en familia, seamos capaces de contactar nuevamente con esa parte tan sensible de nuestro interior, con el alma, en donde tenemos depositada y tal vez un poco empolvada la humanidad.

Me quedo con esa idea, con la de que este periodo se convierte en una oportunidad masiva de REEDUCARNOS en la HUMANIDAD, al sensibilizarnos y pensar en nosotros para volver a pensar en los demás.




La cuarentena comienza...

De todos los momentos en el tiempo en que se me hubiera podido ocurrir dejar el trabajo, el que me proveía del sustento económico,  el destino me eligió esta semana para comenzar.
Por las circunstancias del evento me quedó bien claro que hay situaciones que de tanto pedírselas al Universo, acaban por sernos concedidas, porque además mi salida fue cordial y favorable a todas las partes involucradas.

Siempre hablo de lo importante que es perseguir nuestros sueños, pero tal vez, aún más, lo sea el CREER en ellos. 
Quién sabe si a veces por la falta de uno o de los dos anteriores, nos quedamos sentados igual que los objetos acumulados y llenos de polvo que me he visto en la necesidad de retirar de los armarios, para hacer una buena limpia del espacio. 
Hacía falta sacudirme un poco, igual que a todos los triques y cajas llenas de cosas inservibles, necesitaba pensar en mí y en lo que muchas veces antes no pude hacer, por una gran cantidad de razones, muy válidas todas. Sólo que ahora, justo en el punto en que lo he hecho, me doy cuenta que el Universo me ha permitido la muy valiosa oportunidad de experimentar estos sentimientos en compañía de todos ustedes que me leen, de todos ustedes que se han visto forzados a internarse en ese espacio del que a veces huimos, sea para no enfrentarnos con nuestros fantasmas o para evitar la plática en serio, con nosotros mismos, pero que hoy, por una imperiosa fuerza de la conservación nos recluye en nuestro refugio.
Qué tan importante será el tomarnos un tiempo, una pausa, para analizar lo que está sucediendo a nuestro alrededor que el mismo Universo se tomó las previsiones para obligarnos a hacerlo.
Esta pausa ya me la había yo planeado desde hace tiempo, estaba ligada precisamente con esas dos premisas que han sido el impulso de mi vida, que aunque un poco apagadas, seguían manifestándose a diario grabadas en los dos pisapapeles que se mudaron del escritorio de la oficina al buró de mi recámara:  "Dream" y "Believe".
La paz con la que me he reencontrado no tiene que ver sólo con el canto de los pajarillos silvestres que a esta bendita hora de la tarde puedo escuchar, es más, puedo disfrutar con tanta calma, sino con el ejercicio de la autoexploración y autodescubrimiento que para algunos parece ser una práctica reservada a los "iluminados" o "guías espirituales", cuando se trata del recurso más valioso y en muchas ocasiones menos utilizado para re-conocernos.
Con la franqueza que acostumbro emplear, puedo compartir que ese autoconocimiento e introspección han sido las mejores herramientas con las que he podido encontrarme a lo largo del tiempo, muy en particular cuando el presupuesto no alcanzaba nunca para destinarme los recursos de una buena terapia, porque siempre había otro gasto prioritario, otra necesidad, así que me apañé con mis mañas de preguntarme el por qué me siento de un modo para replicarlo si es que me gusta o cancelarlo si es que no, lo cual me ha permitido ir sanando situaciones, sensaciones, emociones, etc.
Y ahora recién comenzada la cuarentena, para mí un nuevo estatus de vida, sólo haber transcurrido 5 días, ya estaba empezando a impacientarme, por no hacer "algo" en concreto, por no poder activar alguno de los 13,767 proyectos a los que quiero apostar en este nuevo devenir, para continuar generando una independencia económica.

La cuestión se redujo a una pregunta sencilla:
¿Por qué no puedo disfrutar de este presente?

Es cierto que parece que este presente se siente muy supeditado al transcurrir de los siguientes 40 días, que este presente parece estar suspendido en un mundo irreal en el que el destino nos está alcanzando e incluso amenaza con infectarnos de consciencia. Consciencia sobre todo y de todos, pero muy en particular de lo que somos hoy, con la sentencia de que aquello no nos guste.
Sí, es cierto que este presente parece extraído de una película futurista que nadie quería ver, pero las oportunidades siempre lo serán en la medida que podamos reconocerlas, y disfrutar de esta pausa para reconfortarnos y re-encontarnos es el mejor aprendizaje que podemos tener del momento.
Habrán días de arreglar cajones y armarios, archivar documentos o destruirlos, redecorar moviendo adornos de un lugar a otro, montarnos maratones de las series en streaming con la pertinente dosis de palomitas al lado, hacer llamadas telefónicas a esos amigos que a veces no tenemos tiempo de hablar, leer los libros que se nos fueron juntando -que si son de esta autora, desde luego que se agradece-, días de reinventar rutinas, aficiones, gustos y claro, de agradecer al glorioso internet por todas las posibilidades que nos ofrece.
Sí, que disfrutar del presente, de lo que parece ser no estar haciendo nada, también que se puede, reconquistando nuestros valores y en mi caso, alimentada de lo que "Soñar" y "Creer" significan.

Es momento de saborear este presente.

Un salto al vacío existencial

Entre tazas de café y sueños, empecé a construir hace muchos años ya, un Café virtual que se parecía mucho al Café Toscana real que siempre ...